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Con ocasión del Día de la Mujer Trabajadora nos hemos visto inundados por noticias sobre la igualdad de la mujer y voces a favor y en contra de ciertas medidas para conseguir esa igualdad. Creo que hay leyes que se deberían revisar pero no estoy muy convencida del beneficio de las cuotas. También creo que la igualdad salarial es una asignatura pendiente pero cuando nos hablan en las noticias de la diferencia que hay entre hombres y mujeres, olvidan oportunamente desglosar los datos por nivel de estudios, por tipo de contrato y por tipo de jornada. Las personas que trabajen a jornada parcial obviamente no podrán ganar el mismo sueldo que los que trabajan a jornada completa.

Habrá casos de desigualdad salarial en las mismas condiciones de experiencia, jornada y puesto. Pero también creo que gran parte de esa diferencia salarial se debe al porcentaje más alto de mujeres que trabajan a jornada parcial debido a sus cargas familiares. Lo que nos lleva a que la raíz del problema puede estar no tanto en un trato desigual en cuanto a sueldo sino a diferencias en tipos de contratos y jornadas y que la conciliación parece seguir recayendo más sobre la mujer.

Pero no quiero profundizar en el tema de posibles medidas de conciliación para ambas sexos para repartir las cargas familiares de forma más igualada o leyes que se deberían revisar porque tampoco soy experta en el tema, ni mucho menos.

Lo que me preocupa y me parece crucial es la educación, tanto la educación recibida en los hogares como la formación.

El otro día vi un TEDx Talk muy inspirador de Reshma Saujani titulado  “Teach girls bravery, not perfection”  que hablaba de que a las chicas y mujeres nos enseñan a ser perfectas mientras que a los chicos y hombres a ser valientes y a asumir riesgos.

En un experimento de una psicóloga estadounidense a estudiantes se comprobó que cuanto más inteligentes las chicas, más probabilidades había de que se rindieran ante un problema complicado de resolver, mientras los chicos lo veían como un reto. En la edad adulta, esto lleva al parecer a que los hombres se inscriban a una oferta de trabajo cuando cumplen al menos un 60% de las cualificaciones requeridas, cuando las mujeres sólo lo harán en caso de cumplir el 100%. Reshma Saujani habla de que para aprovechar el potencial del 50% de la población, habrá que educar a las mujeres a ser valientes, y a aceptar los fracasos y la imperfección.

Las mujeres que hemos nacido en el mundo occidental no hemos tenido que preocuparnos por la comida, por la asistencia sanitaria o por la educación. Somos afortunadas por no tener que lidiar con muchas injusticias a las que se enfrentan otras millones de mujeres en el mundo.

Aún así hay mucho margen de mejora en la lucha por la igualdad de derechos y oportunidades. Aún en el mundo occidental y concretamente en España nos encontramos con un alto porcentaje de mujeres que apenas tienen una educación básica. Y creo que es un aspecto básico para alcanzar esa igualdad de oportunidades. Resulta obvio que cuanto mejor la formación que has recibido más posibilidades tendrás de encontrar un trabajo y de no depender económicamente de otra persona. También te ayudará a tener más autoestima y sentir más valía lo que a su vez te permitirá ser más valiente.

Pero la educación empieza en casa. Yo tengo la suerte de tener unos padres que me han educado para creer que podría ser cualquier cosa y alcanzar cualquier meta en la vida. Por eso, no he tenido miedo a aventurarme sola en otro país. Creo que este tipo de educación no tiene precio. También opino que empieza con pequeños detalles y con el ejemplo que tus padres te dan. Recuerdo que mi madre siempre ha trabajado y ya de pequeños nos enseñó a mi hermano y a mí a calentarnos la comida cuando volvíamos del colegio y más tarde a cocinar cosas sencillas nosotros mismos. Mis padres nos enseñaron poco a poco a valernos por nosotros mismos y a ser independientes. Nos enseñaron a ayudar en las tareas domésticas a los dos, no sólo a mí, la chica, sino también a mi hermano. Como decía, la educación empieza en casa y está en los detalles.

Un tema que en este sentido me viene a la mente porque me suele llamar la atención, es cuando los padres llaman a sus hijos campeones pero a sus hijas princesas. ¿Por qué no llamar a las niñas también campeonas? Para mí, llamarlas princesas lleva implícito que deben ser monas, portarse bien, incluso ser modositas y que vayan soñando con el príncipe azul que les rescatará y cuidará de ellas.

Antes de enseñarles a vestirse monas y a maquillarse ¿no debería ser más importante enseñarles que la cabeza no sólo está para peinarla sino sobre todo para amueblarla? ¿No deberíamos inculcarles el interés por el aprendizaje? ¿No deberíamos enseñarles a ser valientes? ¿No deberíamos enseñarles que no hace falta ser perfecta y que está bien equivocarse y fracasar, que de los errores se aprende? No reduzcamos a las hijas a etiquetas como “mi princesa” o “quién es la niña más guapa”. Hay tantos otros calificativos que harán más por su autoestima: lista, inteligente, creativa, imaginativa, perseverante y un larguísimo etcétera.

Aprendamos a ser campeonas, a ser valientes y tengamos ganas de comernos el mundo. Ignoremos a los que nos quieran hacer creer lo contrario. Y enseñemos lo mismo a las siguientes generaciones.

Es más fácil construir a niños fuertes que reparar a hombres rotos. Frederick Douglas

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